Mis hijos: mis maestros

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Mi hijo me enseñó el amor. Desde que lo supe, latente y minúsculo, dentro de mi vientre, empecé a amarlo con una profundidad abisal y creciente, una energía hasta entonces desconocida que aún hoy, después de cinco años, me desarma a veces ante su propia radiación. El amor por mi hijo me atraviesa como un rayo de luz de sol y me acuna sobre la tierra como un bálsamo blanco de luz de luna. De un extremo a otro de la conciencia y la experiencia: puro amor incandescente.

Mi hijo me enseñó el dolor. De pronto iba por ahí como una herida abierta. El corazón desnudo, los pechos llenos. El llanto de cualquier bebé me recordaba al mío. Las noticias sobre bebés muertos o perdidos me hacían llorar durante horas, abrazada a mi niño vivo y dando gracias a la vida. Pero también comenzó el miedo, ese miedo que ya nunca te abandona. Y te conviertes en cada madre que ha pisado y pisa este planeta.

Mi hijo me enseñó mi cuerpo. Partes de él que nunca había sentido. Despertó mi útero y mis ritmos. Mis ganas de sentirme plenamente, de seguir transitando a través de esa rendija abierta que dejó el parto hacia todo mi ser femenino. Sólo fue el comienzo, con mi hija llegaría la verdadera revolución.

Mi hijo me enseñó la libertad. La libertad de ser madre sin depender de nada externo. Descubrí que él no necesitaba accesorios. Tan sólo mi regazo para su descanso, mi pecho para saciar sed y hambre, mi atención para vigilarlo y sostenerlo, mi amor para nutrirlo. Esto me hizo sentirme poderosa y libre, como un manantial inagotable: si estamos juntos, todo está bien.

Mi hijo me enseñó mi propia sombra. Y como reflejada en un espejo me he visto caer muy bajo, rozar mi fondo, consumirme, para después renacer en colores de fuego como el ave Fénix. Mi hijo tiene la capacidad de sostener la mirada en un interrogante silencioso y profundo, es capaz de reflejar cosas de mí misma que no reconozco hasta que no se manifiestan a través de su permeabilidad pura de niño. Mi hijo me ha hecho reinventarme para ser mejor persona, para ser de verdad y no un artificio, para quererme también en mi imperfección como él me quiere, sin condiciones ni límites.

A mi hija la sentí una noche de luna quieta. Mi cuerpo palpitaba en un estremecimiento que ya conocía. No me hicieron falta cuentas ni calendarios. Mi cuerpo se derramaba: esta es la noche, te estoy llamando hija mía. Y junto a mi otra parte me convertí en loba, en maga, en brasa oscura de la tierra. Me incendié para quedarme después quieta como la luna, saboreando, dejándome invadir por la vida, transformándome en gota, en olfato, tacto y gusto, suspendida en la corriente del cuerpo sudoroso y palpitante. Poco después mi hija empezó a existir.

Mi hija me enseñó desde el vientre a conectar con todas las mujeres que fueron antes que yo, me llevó por el camino de la intuición, de la fuerza y del instinto más primario. La parí de rodillas mientras gritaba con todas mis fuerzas y sentí que me atravesaba el cuerpo como un meteorito ardiendo atravesando el universo. Después agua y calma, abrazando su cuerpo con sacudidas de dolor, placer y cansancio. La luz de la mañana iluminó sus ojos azules.

Mi hija me enseñó a transitar profundamente una senda que ya había comenzado con mi hijo, pero esta vez ya la conocía y fue mucho más fácil: la maternidad mamífera y salvaje, la teta sin horarios, el dormir cuerpo a cuerpo, sincronizadas, mezcladas, en conexión permanente. Nunca nos separamos en el hospital, la cuna de metacrilato de la habitación hizo las veces de guarda abrigos y bolsos. A mi alrededor escuchaba dudas sobre tomas, sobre horarios, sobre gramos y centímetros. Y yo no sabía cuánto habías comido, ni cuánto habías dormido, ni me importaban tus medidas porque en tus pequeñas dimensiones ocupabas ya todo mi universo consciente. Tan sólo descansábamos juntas entre teta y sueño, sueño y teta, recuperando las fuerzas y sanándonos, no hacía falta nada más. Al día siguiente nos fuimos a casa.

Mi hija me enseñó la maternidad de la tela, del porteo, del algodón, el lino y el cáñamo. De su cuerpo sostenido por fulares, por nudos transmitidos oralmente durante generaciones. La tela de sus pañales que no se transformaban en basura. Ser madre y madre Tierra al mismo tiempo.

Mi hija me ha enseñado a superarme, a ser mamá de dos. A continuar en batería cuando no en automático, a sacar fuerzas de flaqueza una y otra vez. Después de fiebres, de llantos por celos, de noches de teta y salida de los dientes, de rabietas, de papá de viaje, de falta de sueño, comienzo de colegio, de desear una ducha como la que añora un retiro espiritual. Ahora soy más fuerte, más madura, más paciente. Gracias.

Mi hija me ha enseñado a amar mi cuerpo de mujer para honrar también el suyo, tesoro de mis entrañas. Mi hija me enraíza con mi abuela bella, que nos dejó un doce de abril pero que nunca se ha ido. Me ha enseñado a convertirme en leche, en flujo o en sangre según la marea, y a amarme con aceptación en todas mis fases.

Mis hijos me están enseñando ahora nuevas formas de aproximarme al mundo, de descubrir desde el respeto y la compañía. El mundo de la pedagogía blanca del amor, del juego libre que nace del corazón. Me hacen espectadora de la vida en estado puro, acompañante de honor. Madre en transformación y evolución continúa.

Ilustración: Tree Mama by Grace Tran

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