Soñar con piedras

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sonar-con-piedrasCaminaba a paso ligero por debajo del puente que desemboca en la gran rotonda del Minotauro, una escultura mastodóntica de un cuerpo de hombre sin cabeza. El minotauro humanizado, despojado de su lado salvaje.

También iba yo despojada de algo esa mañana, descabezada incluso, con esa ligereza soberana encima de los hombros que te regala un ataque de ansiedad. Caminaba deprisa como escapando de mí misma, de la sensación de pánico desprevenida: una invitada no deseada y nunca bienvenida.

Lo malo de la ansiedad es que se comporta como un virus recurrente: una vez que has tenido un ataque vuelves a invocar todas las sensaciones tal cual en tu cerebro sólo con recordarlo. El escalofrío en la columna, el hormigueo en las manos, la sequedad en la boca y la lengua, las pulsaciones atropelladas… y como ya es vieja conocida sé que lo que mejor funciona es darle esquinazo, no pensar, vaciar la mente o llenarla de otra cosa.

Aceleré el paso calle arriba dejando atrás la estación de trenes y subiendo por calle Medina. No lograba apartar de mi mente un sueño que había tenido algunas semanas atrás:

Aquella noche estaba muy cansada, me acosté como quien se sumerge en una burbuja reconfortante y sanadora. Los niños dormían y la casa estaba en silencio salvo por el sonido lejano de la tele que mi marido veía en el salón. Cerré los ojos y de pronto me caí, antes incluso de llegar a dormirme: no dio tiempo. Caí y caí por las entrañas de un agujero negro suspendido en el espacio. Era una sensación de vértigo placentero. No pesaba, estaba quieta en mi cama pero a la vez mi mente se proyectaba al infinito por ese túnel inesperado. Caí y caí a gran velocidad y de pronto, quietud. Y una piedra.

Una piedra en tonos verdosos que invadía y se apoderaba de todos mis sentidos. Podía verla con todo detalle, sentir su superficie lisa y fría en mis dedos, su densidad, la suavidad de su textura, la tonalidad de sus contornos. Y sentí mucha paz. Una paz absoluta. Entonces me dormí, o igual llevaba un rato dormida, nunca lo sabré…

Tras pasar bajo un andamio llegué al teatro Villamarta. La imagen de aquella piedra volvió a mi mente una vez más aquella mañana de otoño y recordé una tienda esotérica que estaba cerca, una tienda en la que había entrado tantas veces de niña, cuando se ubicaba en otra calle aún más escondida del centro de mi ciudad. Allí me quedaba absorta mirando las  velas, las telas de soles, lunas y símbolos celtas, las cartas del tarot… Me dejaba aletargar por el olor a incienso y pasaba mis dedos por la superficie rugosa y fría de las piedras. Piedras de todos los colores… Todas las obligaciones lógicas adultas pasaron vertiginosamente a un segundo plano, lo tuve clarísimo: tengo que ir a buscar mi piedra.

Subí por la escalinata de piedra que forma parte de un muro del casco antiguo y entré en la “Herradura mágica”, dejando el mundo atrás. Era un secreto conmigo misma, una misión inesperada y, de pronto, emocionante. Buscar un objeto que había visto en un sueño justo después de caer por un agujero de gusano estelar: una locura para contar sólo en círculos íntimos y reírnos un rato.

Hice un barrido por los estantes de cristal que sostenían los expositores de piedras, cristales y minerales de todos los tamaños y en seguida la vi. “Creo que es esa”- pensé, pero necesito tocarla para estar segura. Justo en ese momento el dependiente se acercaba por si necesitaba ayuda. —¿Puedes enseñarme esas piedras verdosas por favor?— El hombre abrió la vitrina y sacó la cajita que llevaba escrita la palabra “calcedonias”. Cogí una entre mis dedos y estuve segura.

— Ésta, me llevo ésta. — Perfecto—  dijo el dependiente, y nos dirigimos a la caja. Mientras me cobraba y metía la piedrecita en una bolsa de plástico le pregunté si por casualidad conocía el significado o las propiedades de la calcedonia y me dijo que esa piedra en concreto no la conocía demasiado.

—¿Para qué la necesitas? — me preguntó y yo no sabía si decirle la verdad o no —Eh… pues no te lo vas a creer pero la estaba buscando sin saber muy bien cuál era porque… — Porque la viste en un sueño — contestó sonriendo, sin dejarme terminar la frase. — Sí. — le respondí mirándolo perpleja. ­ —¿Cómo puedes saberlo? — Porque mucha gente viene aquí buscando eso. Piedras con las que han soñado.

Di las gracias y me marché. Me sentía como suspendida en una nebulosa, el ruido, los coches, la calle, la gente… todo murmuraba detrás de la conciencia. Tenía una gran urgencia eclipsando mis pensamientos, saqué el móvil y escribí en Google: piedra calcedonia.

Calcedonia, también conocida como “la piedra Madre”, una piedra relacionada con el amor maternal, los ciclos femeninos y la lactancia. Genera benevolencia, calma la ansiedad, se usa en la maternidad, los embarazos y para aumentar la producción de leche.

No lo podía creer. La saqué en seguida de la bolsa y me la pegué muy fuerte a la piel, entre el corazón y la garganta… y miré al cielo aliviada y reconfortada, como si el universo me hubiera guiñado un ojo.

Y es que en aquella mañana fría de otoño, aquel sueño de la piedra no era mi secreto más profundo. Había otro que palpitaba más adentro, fuerte y vivo, que había vuelto mi mundo del revés. Un secreto aún apenas compartido. Estaba embarazada.

 

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5 Respuestas

  1. Instinto, energía…gracias por compartirlo!!!

  2. M. Ángeles

    Ufff, me has emocionado. ¡La energía del universo!

  3. ¡Me encantó Yoli! Yo soy muy de piedras pero nunca soñé con ellas! Bonita experiencia 😚

  4. Siempre despiertas con tus palabras mil emociones, me sumerges en un mundo que es muy parecido a mi mundo interior y me llevas de la mano para enseñarme paisajes secretos que sólo pueden verse con el corazón, gracias por poner palabras a nuestros sueños!!! ❤

  5. Gracias a vosotras, tribu virtual bonita… <3

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