Mi abuela

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A mi abuela le gustaba mucho el color verde.

Sus últimos meses de vida transcurrieron casi siempre en el hospital.

Allí pasábamos las tardes, las mañanas. Llevamos fotos para adornar su cabecero. Colgamos  un poto en la habitación.

A veces paseábamos a su perro y nos colocábamos justo en el ángulo de la acera desde el cual podía vernos asomada a la ventana desde su habitación, y braceábamos en el aire para que nos viera y viera también a Borete.

Incluso cuando iba a verla y me dejaba caer en el sillón de las visitas, sentía que ella me sostenía a mí: “¿Cómo estás hija buena?”,” ¿Cómo está el niño?”, sangremía me llamaba.

Un día me contó que había soñado conmigo, “un sueño más raro, Yoli” me decía con su lindo acento de Gilena, “un montón de médicos que venían a sacarme sangre, y nos escondíamos juntas para que no nos encontraran”. Y qué orgullosa me sentía de haber ayudado a mi abuela a esconderse de los vampiros de sus sueños.

Mi abuela siempre fue fuerte. Incluso en esa camilla, con las manos consumidas, los huesos dibujados y los cardenales en sus bonitos brazos.

Mi abuela era ya fuerte siendo niña, cuando arropaba a su hermano de tres meses mientras los civiles disparaban a bocajarro sobre la puerta de su casa, dejando agujeros de luz en su melena morena.

Mi abuela es fuerte incluso ahora estando muerta, porque sólo con su recuerdo se impone con honorable humanidad al resto de nostalgias punzantes que asolan mi mente. Abuela.

Siete hijos tuvo, de ellos cinco niñas, como cinco flores exóticas y únicas. Pero yo era su nieta.

Recuerdo el olor de sus manos, olían a lejía, a cáscara de fruta recién pelada y a delantal.

Del hospital sólo recuerdo un olor, lo tengo como tatuado en los pliegues físicos de mi cerebro: el olor de su tersa frente en aquel último beso que le di, justo donde nace la raíz del cabello, siempre sujeto en una diadema. A veces busco esperanzada ese olor  en la manta con la que ella se tapaba. Y a veces me parece que lo encuentro, aunque es imposible porque esa manta ya se ha lavado muchas veces, y todo lo que pudiera quedar del rastro de mi abuela en las fibras de tela se ha borrado.

Aplasia medular.

“Cuando salga de aquí nos vamos a ir a la Ponderosa a comer pescaito frito” me dijo un día, y yo le apreté la mano y asentí. Sabía que era imposible y ella también. Pero nos quedamos suspendidas la una en la mirada de la otra, reproduciendo con mimo esa escena como una película en un cine de verano. Las cervezas con su espuma blanca, el sol del Puerto en los brazos descubiertos, el sabor a puntillitas saladas en los labios…

—No puedes llevar al niño al hospital, es peligroso. —pero yo quiero que la vea, yo quiero que vea a su bisa­—. Y Alex, que siempre complementa mi mente como la pieza que falta del puzle dijo una tarde:  “Bueno, los bebés vienen al mundo en los hospitales…”.

Aquella tarde mi rubio se llenó de los besos de su bisa, lo monté en su camilla de la habitación 421 y nos tumbamos juntos los tres. Me pidió teta y se la di. Algunas de mis tías se asombraron, ¿Qué le estás dando teta así tumbada? Mi abuela dijo “pues claro” y me miró con esa complicidad que me apuntalaba tan sabiamente el instinto. “Así os dormía yo a vosotras”.

Esa tarde cuando me marchaba, justo en el umbral de la puerta, me dijo: “Lo estás haciendo muy bien” y ella no era de grandes frases, aunque todo lo que decía en su lenguaje sencillo alumbraba verdades gigantescas. Tal vez quería decirlo por si acaso.

Hay tantísimas cosas que le preguntaría ahora. Tantas cosas esenciales que no supe preguntarle entonces.

Una tarde de las de hospital, mi tita la mayor bajó a la tienda de los veinte duros de enfrente y compró un puñado de anillos con piedras de color verde. Nadie le dijo que lo hiciera ni hubo un motivo claro. “A mamá le encanta el color verde”.

La tarde que volvimos del tanatorio, con las mejillas saladas y los párpados cansados, nos sentamos en el Bar Dani, debajo de su casa, todas llevábamos puesto el anillo. Entonces nos hicimos esta foto. Y la tengo puesta en el salón de mi casa, todos los días la miro y me acuerdo de las mujeres de mi familia. Todas diferentes, todas conectadas. De mi abuela centro, de mi abuela eslabón, fuente de energía.

Es esa ola que me nace en el vientre y me rompe en la garganta. Es el pulso silencioso. La sangre.

Sangre mía.

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