La reina en camiseta

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El otro día mientras hacía cosquillas y carantoñas a mi hija de tres años le dije:

-¡Ay! ¡qué culito más chiquitito!

Se apartó seria y solemne, y me dijo: “No mamá, mi culo es grande. ¡Yo soy grande!”

Y me quedé perpleja ante un pensamiento tan original y tan opuesto a las ideas que, por desgracia, algún día probablemente enturbiarán el concepto que tendrá de sí misma, como nos ha pasado a todas.

¡Claro que eres grande hija mía! ¡Grande y fuerte como las montañas!

A veces, la vida con niños te regala ráfagas de un aire fresco y completamente nuevo. Nosotros, adultos empedernidos, que vamos por la vida cuadriculados, etiquetados y encasillados, asistimos de pronto al despliegue irreverente y bello de estos locos bajitos que conservan la mente sin contaminación alguna. ¿Cuánto tiempo es capaz de sobrevivir el pensamiento libre? ¿Cuándo empiezan los estereotipos a calar ingratamente en esa visión original del mundo?

En otra ocasión iba por la casa, moño en ristre y ataviada con una camiseta verde y ancha que le robé a mi marido. De estos días que sientes el cansancio por dentro y por fuera. Mi hija se me quedó mirando embelesada:

– ¡Mamá, que preciosa estás con tu vestido verde! ¡Pareces una reina!

Y de nuevo me siento espectadora dichosa de ese asombro genuino, esa mirada al mundo libre de prejuicios y llena de amor.

Es entonces cuando me doy cuenta de que la vida está hecha de esos momentos pequeños. Momentos felices. Y de que tengo entre mis manos tesoros vivos, únicos y en expansión. Es una responsabilidad que, a menudo, pasa desapercibida.

Y esas otras veces en las que me gusta investigar qué ideas van calando en sus pequeñas mentes, le pongo un vaso rosa a mi hijo y espero… veo que no le importa en absoluto. Respiro aliviada…

Ese otro momento en el que dos personas del mismo sexo aparecen besándose en la tele y no les sorprende, ni siquiera preguntan.

Esa confusión al aprender el concepto lingüístico de personas blancas y negras: “Pero si no son negros, papá, son marrones, y nosotros rosita…”

Esa afirmación rotunda de mi hijo de seis años, al despertar un día de la siesta:

– Mamá, tengo súper poderes.

– ¿Cuáles, cariño?

– Súper poderes de la mente, del agua, de la tierra, de las zanahorias… ¡de todo!

Y a saltar en el sofá.

Es una frescura condenada realmente a la extinción. Pronto empezarán, como nosotros, a etiquetar, a limitar, a mezclar sus vivos colores con el ocre del pensamiento común aborregado. Algún día, no muy lejano, mi hija se mirará al espejo y pensará que su cuerpo no es bello. Y ojalá yo pueda prestarle entonces mis ojos, para que vea el mismo espectáculo de belleza que yo veo cuando la miro. Para hacerla sentir como lo que es: grande como una montaña. Preciosa y única. Una reina despeinada y en camiseta.

3 Respuestas

  1. Reyes
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    Jejeje son maravillosas estas pequeñas criaturas que nos rodean!!! Ojala tarden en cambiar como dices

  2. Ruth merino
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    Son geniales, ojalá no cambiará nunca.
    Precioso lo que escribes

  3. Muy genial, me ha encantado.

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