El caracol

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Descubrir,

en la tierra oscura,

cual tesoro destapado,

de pronto un caracol.

Darle la vuelta y mirar dentro:

 

¡Hay algo aquí!

 

Remolino de burbujas despertando,

pliegues húmedos que emergen,

se desperezan.

Dos fideos grises que se alargan y observan.

Se retraen al tacto de su dedo de niña.

 

Cuidado, son sus ojos.

– Nunca vi unos ojos así.

 

Se siente viscoso,

fresquito sobre la piel caliente.

Deja un sendero plateado

sobre la palma de la mano al sol.

 

Fascinación.

 

¡Qué maravilla mirarlo!

Le pone un nombre,

porque nombrar es reconocer,

hacerle distinto al resto.

Es un acto de amor.

 

Lo quiero, me lo quiero llevar.

– Pero no es nuestro…

 

Y es frágil,

Un movimiento brusco,

siente que le ha hecho daño.

De pronto el miedo, la culpa:

Se puede morir, se puede romper,

pellizco extraño en el corazón.

 

Despedida.

 

Esta mañana le recuerda,

Y no sabe muy bien lo que siente.

Igual no hace falta ponerle un nombre

a ese sentimiento.

 

 

Imagen: © Yolanda Rosado

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