El baile

publicado en: Maternidad | 0
Óleo de Shafique Farooqi

Ayer senté a mi hija en su hamaquita, para que me viera mientras recogía la casa. Marujeo para arriba y marujeo para abajo, le voy soltando piropos, carcajadas y sonrisas teatrales. Y ella me las devuelve todas encantada. Es mi mejor audiencia, la más agradecida.

En estas que agarré un pañuelo, precioso, que me regaló alguien especial. Con dibujos de rombos en tonos sangre y ceniza sobre fondo blanco, muy primal. Y con una música celta de voces femeninas que parecían encerrar poderosos conjuros de druidas de Irlanda empecé a bailar. Al principio como un juego para Anna, y pronto se tornó algo más serio, un baile por y para las dos. Para todas las mujeres de mi familia.

Hacía tanto que no bailaba…

El pañuelo volaba arriba y abajo, sobre nuestras cabezas. Me ocultaba el rostro en un interrogante cortito pero inquietante: “¿Dónde está mamá? ¿dónde se fue? ¡aquí!”

Y la sonrisa del descubrimiento brotaba como una fuente de su boquita recién dentada.

Y yo giraba y giraba con los brazos al aire, con el corazón apresurado. Moviendo Anna bracitos y piernas como un pajarito queriendo volar sin salir del nido.

Queriendo volar las dos dentro de casa.

Y así danzamos, yo con mi cuerpo y ella con su ovación loca, durante un rato que se hizo delicioso y que prendió en el salón una tensión atmosférica invisible.

Somos brujas. Invocamos, respiramos, transformamos el aire.

Un pañuelo como artilugio fortuito, una excusa inesperada. Y bailé tanto contigo, por ti y sin ti que me salió en sacudida todo lo guardado. No eran las piedras, ni las hierbas, ni los libros…

La magia es esto.

Y cuando paré de bailar me bajé de una rueda veloz e invisible a la quietud tosca. Me invadieron unas nauseas atroces, parecidas a las de estar gestando. Me acordé de aquella película en la que a un preso condenado a muerte le salían millones de partículas oscuras de la boca justo después de absorber el dolor de otra persona, en un acto de humildad y sacrificio.

Sentí esas náuseas a bocanadas por mucho rato, y me sentí vieja al principio, oxidada, deshauciada. Hacía tanto que no bailaba…

Luego las acepté como un mal necesario. La naturaleza no es suave. Muchas cosas han salido. Otras volverán.

La magia es esto.

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